

Crítica de arte contemporáneo
¿De qué nos sirve preguntarnos para qué sirve el arte? ¿Podemos equiparar el arte a un servicio? ¿A una actividad de beneficio? ¿A la producción de un plusvalor? ¿A la forma de una expresión individual? Evidentemente lo hacemos, pero ¿qué estamos preguntando en realidad cuando preguntamos por lo útil del arte? Ensayemos una fórmula repetida: “el arte es útil para la vida”. Pero también el alimento, el agua, la sexualidad…. ¿Qué hay en común en todo eso? ¿Qué es, a fin de cuentas, “la vida”? Para no perdernos en divagaciones, reescribamos la forma simplificada de la frase: “el arte es útil”. Vemos entonces la generalidad de la afirmación, tanta amplitud que carece de contexto. Si el arte es útil para algo, entonces (1) se vuelve factible encontrar ese “algo” y (2) se vuelve comparable, pues se puede decir si para ese algo para lo que es útil lo es en mayor o en menor grado que otra actividad que puede ser útil para lo mismo. Es decir, si el arte sirve para educar, entonces podemos considerar el arte una pedagogía. Si el arte sirve para distraer, entonces el arte es espectáculo. Si el arte sirve para reflexionar, entonces el arte es conceptualizable. Todo esto puede ser cierto, pero entonces decir que el arte sirve para algo es igual a decir que la acción humana sirve para algo. Nada hemos avanzado en precisiones. Pero si nos fijamos bien, hemos llegado a un buen punto: al menos sabemos que el arte es un tipo de acción, de actividad humana, y no viceversa. Entonces hay que concentrarnos en encontrar la precisión del arte que, siendo una actividad humana, sirve, o, para decirlo de una manera general como hasta ahora, es.
Dentro de las actividades humanas, el arte es un tipo de accionar. Pero como habíamos ya considerado, los tipos de acciones que puede llevar a cabo el arte son múltiples. ¿En qué territorio nos movemos ahora? Hay una trampa del lenguaje: “el arte” es una noción en singular, pero las acciones que conforman el conjunto al que este nombre se refiere son múltiples. Entonces, como es obvio, el arte es múltiple. O, en otras palabras, el arte es una forma de hablar de un conjunto de obras y prácticas, todas las cuales pueden tener un sesgo pedagógico, espectacular o conceptual. Sin embargo, no todas las obras ni todas las prácticas comparten todas las características. Nos empezamos a mover en terrenos más interesantes, pues ahora lo importante es discernir las características de las obras y las prácticas en lugar de hablar con la amplitud y ambigüedad de “lo útil”. Ahora bien, si entendemos que las obras son resultado de las prácticas artísticas, entonces lo central se vuelve esto último. La obra es un producto, y como tal, puede ser evaluada por el gusto de la época, como producto que deviene mercancía, o como el referente directo de una práctica concreta. Las cuestiones del gusto o de la mercancía se han estudiado hasta la saciedad. Preguntar en cambio por las prácticas artísticas es un hecho reciente. Siglo XX, vanguardia histórica, movimientos de los sesentas, setentas, prácticas contemporáneas. Esto ha sido en sí lo que ha movido la reflexión en el arte en los últimos tiempos. Preguntar por las prácticas artísticas implica la necesidad de buscar algo, implica ya una intención frente al panorama de lo artístico. Ante lo diverso, enfoque. Preguntar por lo útil ha quedado entonces como un resabio decimonónico bien anquilosado. Las vanguardias históricas quisieron ver en el arte una forma de apropiarse un plusvalor en la producción, pero ni los productos de la industria cultural son producciones en masa, ni necesariamente, en su unicidad, generan plusvalor. Los precios exorbitantes de las obras contemporáneas no vienen del plusvalor, sino del consumo del exceso. Hay que reconocer en el arte el terreno de lo excesivo, el excedente, la excepción. Esto, más que lo útil, caracteriza con mayor precisión al conjunto de las prácticas artísticas.
Entonces, el carácter de excepción de ciertas prácticas artísticas puede valorarse por lo que esas prácticas artísticas buscan y generan. ¿Qué calidad de excepción busca tal o cuál obra? ¿Cuáles son las consecuencias de la excepción lograda y consumida bajo ciertas condiciones? Nos situamos mejor así para acercarnos al panorama de prácticas contemporáneas. Estas preguntas nos llevan más lejos, sitúan al que busca, y define los encuentros.
Preguntar por la función del arte cae en el mismo terreno de la pregunta por lo útil. Con una aparente salvedad. La función parece enfatizar la búsqueda de pertenencia y arraigo de los artistas frente a la sociedad que “tolera” sus excesos, que conforma sus prácticas como excedentes. Buscar la función es buscar atemperar la culpa de origen, la deuda frente a la cual los artistas se desenvuelven. Pero eso no implica que las prácticas artísticas tengan una función a priori, en todo caso, han de encontrarla desde su impertinencia y lo específico de sus planteamientos. Más allá de eso, la utilidad y la función sólo resultan útiles para llenar reportes institucionales y obtener becas que evalúan el impacto desde un productivismo bien arraigado en este siglo que recién comienza.
La creación del mundo se llevó 7 días. Por eso el domingo es día de revisión de lo sucedido. En esta columna nos tomamos el día libre para el trabajo forzado de la palabra. El arte es un trabajo sucio, y hay que entrarle a quemarropa, ensuciando conciencias.