viernes, 28 de septiembre de 2007

A propósito de la utilidad. ¿Por qué escribir?

Pequeña reflexión, a manera de intencionar la columna

Cuando algo me inquieta busco a un escucha para compartir esas emociones que la mayoría de las veces carecen de cualquier tipo de plasticidad, se mueven en territorios impalpables para el ser. Haciendo difícil el intercambio con el otro. A menudo genera un vacío el no encontrar esa frase que describe aquel fenómeno restándole atención a la persona que en muchos de los casos no tiene la intención de hablar de eso. El diálogo es una forma inmediata de comunicación, que impide por cuestión de tiempo profundizar en más de un millón de relaciones que pueden cohabitar entre uno y aquella manifestación que te ha saltado encima despertando curiosidad. Tampoco creo que el diálogo directo sea mediocre, pero si creo que requiere una habilidad y una concentración diferentes, al demandar la atención activa de las voluntades que se avientan a enmarañar y a tejer sus posturas. Compartir la experiencia es un hecho que implica que ambas voluntades tengan la disposición de cruzar juntos un mismo camino. Además que el habla tiene la ventaja y al mismo tiempo la desventaja de no poderse asir.
Sin embargo, la palabra escrita de alguna buena manera se vuelve un viaducto que permite el tránsito entre esas sensaciones que uno quiere transmitir a otro. El ejercicio de escribir es completamente solitario, es un esfuerzo de reflejar lo más cercanamente posible eso, lo encontrado. Es un acto de recogimiento en el cual la soledad adquirida busca alguna verdad que decir. Uno se cierra en si mismo para después abrir posibilidades y descubrir un poco más sobre aquel fenómeno. Conocerlo al tiempo de establecer conexiones entre lo existente, lo creado y uno. Permite el cambio o el derrumbe de las sentencias que cosquillean internamente. Es un ejercicio en donde lo palpable y lo indeterminado se desarrollan a la par en un juego de artificios.
La palabra, de los inventos humanos: es el más usado pero al mismo tiempo es de los más difíciles de entender. ¿Tal vez sea a causa de la dialéctica entre lo fijo y el cambio como elementos que forman parte de su constitución? Las definiciones o significados que encontramos en un diccionario son anclas que nos soportan dando un poco de quietud para poder objetivizar aquello que no tiene cuerpo o presencia. Cuando los sentidos se alteran en una nueva concordancia se derrocan las estructuras conocidas y entre los escombros salen nuevas posibilidades. La subjetividad, sólo así puede tener el chance de conocer un poco más de si, a la par de haber conocido lo que está fuera de si. Es el momento en donde la quietud de la fijeza se interrumpe y el orden subjetivo se desestabiliza. La búsqueda se convierte en juego y las palabras en fichas que se ganan o se pierden según lo quiera la caótica marcha del entendimiento. La soledad se convierte en aliada, guardando en secreto lo que no se quiere decir y animando a decir aquello a lo que se le teme. La estructura del texto permite entonces entablar contacto con algún lector inquieto que se encuentra con la misma soledad para compartir esa experiencia.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

Arte: utilidad y función

A S.O., por las pláticas y desencuentros productivos

El primer concepto remite a una visión economicista, el segundo a una mecanicista. Y sin embargo son dos nociones con las que nos topamos en lo cotidiano en el medio, como moneda de cambio. Lo reducimos de una forma al preguntar el para qué del arte. Arte social, arte político, arte comunitario, arte comprometido. Veamos al menos a qué podemos referirnos con tantos motes que parecen perder el rigor del concepto.


¿De qué nos sirve preguntarnos para qué sirve el arte? ¿Podemos equiparar el arte a un servicio? ¿A una actividad de beneficio? ¿A la producción de un plusvalor? ¿A la forma de una expresión individual? Evidentemente lo hacemos, pero ¿qué estamos preguntando en realidad cuando preguntamos por lo útil del arte? Ensayemos una fórmula repetida: “el arte es útil para la vida”. Pero también el alimento, el agua, la sexualidad…. ¿Qué hay en común en todo eso? ¿Qué es, a fin de cuentas, “la vida”? Para no perdernos en divagaciones, reescribamos la forma simplificada de la frase: “el arte es útil”. Vemos entonces la generalidad de la afirmación, tanta amplitud que carece de contexto. Si el arte es útil para algo, entonces (1) se vuelve factible encontrar ese “algo” y (2) se vuelve comparable, pues se puede decir si para ese algo para lo que es útil lo es en mayor o en menor grado que otra actividad que puede ser útil para lo mismo. Es decir, si el arte sirve para educar, entonces podemos considerar el arte una pedagogía. Si el arte sirve para distraer, entonces el arte es espectáculo. Si el arte sirve para reflexionar, entonces el arte es conceptualizable. Todo esto puede ser cierto, pero entonces decir que el arte sirve para algo es igual a decir que la acción humana sirve para algo. Nada hemos avanzado en precisiones. Pero si nos fijamos bien, hemos llegado a un buen punto: al menos sabemos que el arte es un tipo de acción, de actividad humana, y no viceversa. Entonces hay que concentrarnos en encontrar la precisión del arte que, siendo una actividad humana, sirve, o, para decirlo de una manera general como hasta ahora, es.


Dentro de las actividades humanas, el arte es un tipo de accionar. Pero como habíamos ya considerado, los tipos de acciones que puede llevar a cabo el arte son múltiples. ¿En qué territorio nos movemos ahora? Hay una trampa del lenguaje: “el arte” es una noción en singular, pero las acciones que conforman el conjunto al que este nombre se refiere son múltiples. Entonces, como es obvio, el arte es múltiple. O, en otras palabras, el arte es una forma de hablar de un conjunto de obras y prácticas, todas las cuales pueden tener un sesgo pedagógico, espectacular o conceptual. Sin embargo, no todas las obras ni todas las prácticas comparten todas las características. Nos empezamos a mover en terrenos más interesantes, pues ahora lo importante es discernir las características de las obras y las prácticas en lugar de hablar con la amplitud y ambigüedad de “lo útil”. Ahora bien, si entendemos que las obras son resultado de las prácticas artísticas, entonces lo central se vuelve esto último. La obra es un producto, y como tal, puede ser evaluada por el gusto de la época, como producto que deviene mercancía, o como el referente directo de una práctica concreta. Las cuestiones del gusto o de la mercancía se han estudiado hasta la saciedad. Preguntar en cambio por las prácticas artísticas es un hecho reciente. Siglo XX, vanguardia histórica, movimientos de los sesentas, setentas, prácticas contemporáneas. Esto ha sido en sí lo que ha movido la reflexión en el arte en los últimos tiempos. Preguntar por las prácticas artísticas implica la necesidad de buscar algo, implica ya una intención frente al panorama de lo artístico. Ante lo diverso, enfoque. Preguntar por lo útil ha quedado entonces como un resabio decimonónico bien anquilosado. Las vanguardias históricas quisieron ver en el arte una forma de apropiarse un plusvalor en la producción, pero ni los productos de la industria cultural son producciones en masa, ni necesariamente, en su unicidad, generan plusvalor. Los precios exorbitantes de las obras contemporáneas no vienen del plusvalor, sino del consumo del exceso. Hay que reconocer en el arte el terreno de lo excesivo, el excedente, la excepción. Esto, más que lo útil, caracteriza con mayor precisión al conjunto de las prácticas artísticas.


Entonces, el carácter de excepción de ciertas prácticas artísticas puede valorarse por lo que esas prácticas artísticas buscan y generan. ¿Qué calidad de excepción busca tal o cuál obra? ¿Cuáles son las consecuencias de la excepción lograda y consumida bajo ciertas condiciones? Nos situamos mejor así para acercarnos al panorama de prácticas contemporáneas. Estas preguntas nos llevan más lejos, sitúan al que busca, y define los encuentros.


Preguntar por la función del arte cae en el mismo terreno de la pregunta por lo útil. Con una aparente salvedad. La función parece enfatizar la búsqueda de pertenencia y arraigo de los artistas frente a la sociedad que “tolera” sus excesos, que conforma sus prácticas como excedentes. Buscar la función es buscar atemperar la culpa de origen, la deuda frente a la cual los artistas se desenvuelven. Pero eso no implica que las prácticas artísticas tengan una función a priori, en todo caso, han de encontrarla desde su impertinencia y lo específico de sus planteamientos. Más allá de eso, la utilidad y la función sólo resultan útiles para llenar reportes institucionales y obtener becas que evalúan el impacto desde un productivismo bien arraigado en este siglo que recién comienza.

sábado, 22 de septiembre de 2007

La desviación en el supermercado.

Resulta paradójico llegar a un ex convento, lugar histórico que encierra un pasado religioso Ex Teresa - Arte Actual, para convertirse en muestrario de lo que circula en el arte contemporáneo. Esta contradicción se remata abruptamente por la muestra titulada INVENTARIO. Empezando por la religiosidad con la que Benjamín Torres ha tomado a la escultura tradicional, trasformándola y dejándose transformar por ella. Hasta llegar al punto más radical de su carrera en donde todo lo que hacía deja de ser en forma, más no en esencia.
El proceso constructivo de su obra mantiene las técnicas básicas de la escultura como cortar, rasgar, tallar, pegar, montar, intervenir pero la materia prima con la que lleva a cabo su producción se altera significativamente. ¿A qué me refiero con esto? Transportémonos al supermercado e imaginemos que los productos que están ahí dejan de cumplir únicamente las necesidades básicas para las cuales fueron elaborados. Iniciando así lo que Benjamín Torres nombra de manera muy particular cada una de las tres etapas que conforman el proceso de producción de su obra. La primera etapa consiste en: la selección de los productos a partir de los significantes publicitarios que funcionan como generadores de ideas. Ya no importa el producto en términos de consumible sino que el empaque, junto con la publicidad y el contenido se vuelven una especie de oferta creativa. Un ejemplo que ilustra esta transformación está en la película Punch-drunk love, cuando Barry Egan se encuentra en el supermercado descubriendo la promoción que hay en los productos “Healthy Choice “millas gratis de viajero frecuente” -compre 10 productos y reciba 500 millas de viajero frecuente-, decide así comprar millones de paquetes de budín de chocolate, por la oferta que trae el producto. Benjamín Torres hace sus compras no para llenar su despensa, sino al igual que Barry Egan su propósito es aprovechar la publicidad para transformar la mercancía en una nueva mercancía.
Observa las etiquetas, los empaques, deambula por los pasillos, selecciona y entonces sí, juega con los productos hasta satisfacer el inventario de sus ideas. El proceso lúdico al que entra Benjamín no se queda en el goce estético, sino que entre la selección y el proceso transitan sus propios gustos, prejuicios, seducciones y fastidios. Dando paso a la segunda etapa: el procesamiento mediante un método personal, basado en la instauración de reglas propias que le ayudan a desarrollar mecanismos de construcción para sus nuevos productos, los cuales están por de más llenos de sentidos irónicos, sexuados, grotescos y chistosos.
Cuando llega del supermercado a su taller arranca un análisis concienzudo y minucioso de cada uno de los productos que echó al carrito. Experimenta con las posibilidades de resignificación que existen en la libre ociosidad que desempeña con gusto, a través de técnicas que por de más primitivas, le sirven. Interviene los productos con cortes, pegotes, rasgaduras, huecos, construyendo y multiplicando los sentidos que descubre desde su naturaleza como escultor. Se confunde entre el espacio atiborrado de publicidad y la concepción espacial de los objetos que elabora. El supermercado se desvanece poco a poco para convertirse en taller en el cual exprime cada una de las imágenes publicitarias que logró acumular.
Selecciona los productos, procesa la publicidad y llega a la etapa final: la redistribución de las piezas en una nueva red en la que su finalidad es el consumo. Disecciona el producto para re-habilitarlo como mercancía, pero lo trasciende de estatus al dejar de ser el consumible práctico, para convertirlo en un nuevo producto, en una obra de arte contemporáneo. Con un valor simbólico muy por encima del valor de uso en que lo adquirió. Además de todas las connotaciones generadas por el ejercicio de observar más allá de lo evidente, Benjamín remarca el carácter de fetiche que cualquier producto lleva consigo y altera el modelo de producción, distribución y consumo por el que pasa la mercancía. Partiendo del último eslabón de la cadena se ubica en su condición de consumidor para entrar al procesamiento analítico del objeto que se transforma en obra. Deja de ser un producto en serie y se convierte en múltiple, deja de ser materia prima procesada por las fabricas, para ser procesada por su mente, intuición y manos. Quien descompone y agrega nuevos factores simbólicos que liberan al producto de la industrialización, pero lo mantiene como mercancía.
¿A qué se deben estos giros significativos en sus intervenciones? La carga irónica revela lo que la convención da por entendido. Benjamín Torres no inventa discursos, sino que enfatiza los mensajes velados que la publicidad traen consigo. Es decir, ¿rompe con las fantasías de la imaginación, trasforma los mensajes pero sin salirse del sistema propuesto por el consumo? Juegan en exceso sus sentidos. Compra todo tipo de bebidas, cereales, golosinas que deleitan su paladar visual. Se mofa al tiempo de encantarse. En pocas palabras, como escultor inventa una fábrica de disparates y contradicciones formales. Como estratega, hace de la publicidad su INVENTARIO, masticando la carga semántica que finalmente le agrega a cada objeto.
Así podemos decir que Benjamín trasforma el acto cotidiano del consumir en una aventura que despunta en los largos pasillos del supermercado expandiéndose a cualquier lugar.

Nota: Este texto lo hice para la expo de Benjamin Torres que inaugura el 27 de sep en el Ex-Teresa.